El salmón está bueno

A ver si nos
entendemos. Resulta que el salmón es un pez de vida apasionante. Nace en las fuentes más cristalinas de las montañas. Baja hasta el mar. Allí recorre los océanos y se hace grande y hermoso. Pero un día, junto a sus hermanos de arroyo, escucha una llamada interior a volver al mismo lugar donde nació. Y, superando (a veces, y sólo unos pocos) obstáculos sin número, llega, envejecido, enflaquecido, deforme, agotado, ... hasta ese sitio. Desova, fecunda sus huevas. Y luego muere. Queda flotando tristemente sobre el agua. Un pájaro lo devora.
Es el símbolo del ser humano.
Ese ser que, como os contaba, si escucha su corazón buscará como meta última la que le devuelve al amor primero y dador de vida.
Pero ese pez, hoy es pescado. Pescado ahumado para más señas. Y está aquí, sobre la mesa, desprendiendo un suave (un süave, a la noruega) olor a leña, a frío nórdico, a grasa rosada de todos los mares. Bien podemos decir, aunque no sea opinión general, que el salmón está bueno.
Pero, por qué no, admitamos que también "es" bueno: especialmente para osos grizzlies, para pescadores del norte, para hambrientos aventureros polares, para centros comerciales en Navidad... Alimenta, permite vivir.
Ahora bien: ¿qué me decís para los alérgicos al pescado? No parece ser tan bueno. Incluso diríamos, es malo. ¿Y cuánto tiempo aguantará este ahumado sin estropearse? ¿En qué raya del tiempo se transformará de bueno a malo para nuestra salud?
Bondad, maldad. Bien estético (o belleza), gustos, bien metafísico, bien ontológico, bien moral... No va a ser fácil desbrozar esta selva, este cardumen de peces que se mueven unánimes siendo, sin embargo, piezas diferentes cada uno de ellos.
Pero vamos a ir por partes, uno a uno. Queremos conocer la naturaleza del Bien.

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