Leña del árbol caido I
La última clase del primer trimestre, que no de la primera evaluación, es también la última dedicada al "supertema" de la BONDAD o El BIEN, que es el primero en el programa de este año, de los cuatro que componen el curso (Bien, Verdad, Amor, Belleza).Está claro que el tema del Bien no está agotado. Evidentemente volveremos a él continuamente, porque esta asignatura se llama Ética y trata de aprender a vivir bien la buena vida y la buena muerte.
Pero como tema filosófico central, el asunto acaba con esta clase de hoy. Es una clase sobre un consejo ético puro, personal, subjetivo, propio del profesor. Por lo tanto, es una propuesta moral: se puede seguir o no. El profesor la considera buena. A veces incluso lo cumple.
Se trata de seguir este refrán español: "No hacer leña del árbol caído".
Cuando pregunté qué sentido tenía esta frase castellana, pocos contestaron. Pero alguno lo hizo de un modo interesante, pues dijo: "Si un árbol está caído, al menos se le puede sacar utilidad si hacemos leña de él". Tenían razón. Tenían razón, pero...
En el trabajo de la primera evaluación una de las cuestiones intentaba traer al recuerdo un árbol. Recuerdo que uno de los trabajos traía las respuestas de tres personas de la misma familia. Y las tres recordaban el mismo árbol: un laurel plantado por el abuelo en la huerta. Y los tres se lamentaban porque, al final, el árbol fue talado para construir.
Quizás, entonces, una vez hecho el mal, al menos se pueda aprovechar la leña del árbol. Esto es verdad. Pero la expresión "no hacer leña del árbol caído" se refiere a no regodearse con el mal sufrido. Y donde alcanza toda su intensidad es aplicada a la historia de los hombres y de los pueblos.
La clase tiene fundamentación en la afirmación de que en toda criatura hay una parte de bien y de mal, en mayor o menor medida, como recordaréis. Y siendo así, en virtud de la creencia en la última bondad que anida en cada hombre y en cada acontecimiento, cuando alguien "cae", reírse de él, regocijarse en el sufrimiento, bailar sobre la tumba (como dice una canción de mi juventud), es de gran bajeza moral.
No. No quiero bailar sobre la tumba de nadie, sea quien sea. No quiero alegrarme de la enfermedad del tirano, sea quien sea. No me regodearé al ver cómo ahorcan al genocida. No sacaré los trapos sucios y los restos pútridos de los panteones, como veo que se ha puesto de moda hacer en la televisión.
No. No apretaré las tuercas al alumno que suspendió y sufre por ello. No avergonzaré al cantante que desafinó ante el público, como hace un tal Risto en la tele. Yo soy el anti-Risto.
No brindaré con champán. No diré por lo bajo: "jódete, cabrón". Cuando detengan al terrorista y le condenen a la cárcel no sentiré un regusto de venganza.
Cuando pierda el Barça no aplaudiré. Cuando el alcalde corrupto de cualquier ciudad pase por la justicia, no haré chanzas. El chisme ese sobre la chica que se quedó embarazada, sobre el hombre arruinado, sobre el hijo drogadicto... no lo escucharé, no lo transmitiré.
¿Qué haré? A veces guardaré silencio. Odiaré el delito, no al delincuente. Cerraré página. Olvidaré algunos nombres que ya nunca mencionaré para no regalar el honor del recuerdo. Haré memoria para no repetir la Historia, para aprender. Pero no haré memoria para que la Historia se repita otra y otra vez.
Un día, cierto ciego dijo: "Veo hombres, como árboles que andan". Cuando caigan esos árboles que andan, yo no haré leña.
Es una propuesta moral: se puede seguir o no. El profesor la considera buena. A veces, incluso, lo cumple

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